El luto que no se apaga en el Palacio de Justicia
El luto que no se apaga en el Palacio de Justicia
Tres años después de la muerte de Víctor Santisteban, su hermana Elizabeth camina entre banderas gigantes y una ironía uniformada, luchando contra un sistema diseñado para el olvido y la impunidad.
Por Piero Carhuamaca
16 Feb, 2026 05:30 p.m.
Son las 8:30 pero pareciese que los ánimos y el ímpetu de la gente inconforme en busca de algo no se hubiera desgastado ni un poco, alzan las manos, gritan, cantan, corren y protestan. Entre todos estos tumultos de la gente del centro de Lima, precisamente a los alrededores del Palacio de Justicia, se hace difícil distinguir el propósito de algunos de estos, unos ajenos al contexto pero curiosos de igual forma, otros grabando con su celular de manera imprevista y otros con equipos más pertinentes a la situación, muy por el contrario, ante la presencia de los manifestantes, otros cogen sus cosas y se retiran de sus actividades.
Algunos quizás no tienen los mismos objetivos de los que lideran la marcha, pero el sentimiento de disconformidad es general y lo hacen sentir, diversas banderas de todo tipo y color se pueden ver desde lejos, entre todos estos, una de al menos 15 metros de largo y 5 de ancho, encargado de por lo menos 15 personas, incluidos niños y jóvenes, es la que ocupa mas espacio dentro de la manifestación, se pueden ver personas disfrazadas, otros con instrumentos de todo tipo intentándose escuchar por toda la avenida y hasta mascotas que pueden sentir el malestar de sus dueños , los policías por su lado, de forma irónica, cuidan con un celo muy estricto una marcha que pide sus cabezas, procurando que nadie salga del perímetro marcado para evitar problemas, cerca a ellos, en primera línea, un grupo de personas agarradas de las manos que buscan proteger a la principal razón de la marcha. Es entonces adelante, en donde el propósito de la disconformidad se alinea y cobra sentido, se ven distintas fotos tipo carnet con un lazo oscuro a lado en carteles a blanco y negro siendo sostenidas muy en lo alto, como si las personas encargadas de cargarlas estuviesen orgullosos de ello, pero claramente el contexto es distinto, una de este tipo, es la que llama la atención, en esta se puede ver el rostro y a su lado las fecha de nacimiento y muerte de Victor Santisteban.
En el centro, sosteniendo el recuerdo de Victor, está Elizabeth, sobre su pecho, un polo blanco que tacha de rojo los símbolos de un cúmulo de ciertos partidos politicos, como si Elizabet llevara su propia boleta electoral impugnada en el cuerpo. Con una gran resistencia, como si apenas hubiese llegado al caos, viene gritando distintos cánticos que la multitud propone a todo pulmon, así como también gritaba Victor hace exactamente tres años, antes de que el asfalto se quedara con su ultimo aliento. Es la injusticia y la impunidad de todo un sistema por las cuales ella está aquí, así como esta noche, en la cual ella exige al estado completando el recorrido que su hermano no pudo finalizar.
Me acerco a Elizabeth buscando entender qué es lo que mantiene en pie a una mujer que lleva tres años cargando un luto frente a los mismos muros de cemento. Al hablar, su voz no tiembla, pero tiene el filo de quien ya no tiene nada que perder. Dice que la justicia en este país tiene nombre y apellido, o mejor dicho, que se esconde detrás de ellos. Culpa a policías con placa y rostro, a un juez cuyo nombre prefiere no escupir para no ensuciarse la boca, y señala directamente hacia la cima: al Presidente del Congreso y a la sombra persistente de Dina Boluarte.
“Entre ellos se tapan”, dice, mientras el ruido de las vuvuzelas intenta tragarse sus palabras. “El caso de mi hermano este en nada, está estancado en un escritorio mientras ellos se dan la mano”. Pero lo que más parece dolerle hoy, en este 2026, no es solo la impunidad, sino el oportunismo. Elizabeth lleva en su polo la razon de su indignación, el rostro de Víctor es ahora un botín electoral. Diversos partidos han intentado usar la muerte de su hermano como un peldaño para alcanzar el poder, una estrategia de marketing disfrazada de empatía que ella rechaza con una equis grande marcada en su pecho.
Ese estancamiento judicial del que habla Elizabeth se siente como una segunda muerte. Resulta imposible no recordar aquel 28 de enero de 2023, cuando el asfalto de la avenida Abancay se tiñó de un rojo que el Estado intentó explicar con mentiras. En las primeras horas, el discurso oficial fue una bofetada: se dijo que Víctor había muerto por el impacto de una piedra lanzada por los propios manifestantes, una narrativa que buscaba convertir la tragedia en un accidente provocado por el caos.
Sin embargo, la verdad no se dejó enterrar. Las cámaras de seguridad y los videos de testigos grabados con celulares, esos mismos que hoy siguen registrando la marcha, revelaron una secuencia distinta. No hubo piedra, sino el fogonazo de un arma. Un proyectil de gas lacrimógeno, disparado por un efectivo policial a una distancia corta y directo al cuerpo, impactó en la sien de Víctor. La evidencia forense fue demoledora: el objeto que apagó su vida pertenecía al arsenal de quienes hoy, irónicamente, custodian la marcha.
Elizabeth menciona nombres que le pesan en su lucha. Señala al actual presidente y a la gestión de Dina Boluarte, pero también hace una pausa para denunciar el hostigamiento del actual presidente del congreso. Para ella, el sistema es un engranaje diseñado para el olvido. "Se apañan entre ellos",dice, mientras recuerda que la herida de su hermano es la misma que sufrieron decenas de manifestantes en todo el país, desde los Andes hasta la costa, víctimas de un uso desproporcionado de la fuerza que el Poder Judicial parece mirar de reojo.
A pesar de la fatiga de tres años de idas y vueltas por pasillos ministeriales, Elizabeth saca fuerzas para agradecer a los que todavía están allí. "Que la lucha continúe", dice, antes de volver a perderse entre los cánticos. La marcha sigue su curso dando vuelta por los alrededores del Palacio de Justicia y yo me quedo observando cómo la enorme bandera de quince metros se despliega de nuevo, cubriendo la calle como una manta que intenta proteger una verdad que todavía espera su sentencia.



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